EDUARD PUNSET
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De verdad, con la mano en el corazón, no intento convencer a nadie. ¿Cuál fue la idea, la persona o el colectivo que más ha contribuido estos años al bienestar de la gente? Empezaré aparcando o apartando los lugares comunes más frecuentes, los que partiendo de una supuesta separación entre objetivos sociales y de mercado o económicos defienden una u otra opción como la más meritoria. Son los mismos que nos siguen dividiendo en gente de derechas e izquierdas o ignaros y medianamente informados. Tanto unos como otros asumen, para tildar de adversario ideológico al contrario, que éste no se ha enterado; que, en definitiva, no sabe. Ahora bien, es inconcebible imaginar que la mitad del país no sepa. Lo lógico es pensar que son ellos los que no saben.

Tampoco han contribuido al bienestar general los que desarrollaron el concepto del hombre como un ser agresivo y violento –”el hombre no es humano”, dijo un gran premio Nobel–. Los símbolos y la prolongación de esta naturaleza pérfida fueron las multinacionales y el imperialismo; su poder, sin embargo, es insignificante comparado con el poder de las ideas, con el poder de la mente… y de las emociones. Como había descubierto el budismo milenario mucho antes que el mundo occidental –”la naturaleza humana es benévola”, declaró el Dalai Lama–, no se puede sobrevalorar el poder de las ideas, de las emociones ni de su gestión.

El poder de las emociones es mucho más avasallador que el de las multinacionales. (Imagen de Flickr.)

En muy pocas palabras puede decirse que a las mujeres y los hombres de la calle los va a salvar la irrupción de la ciencia y de la tecnología en la cultura popular. La gente está ya admirando al pequeño grupo de científicos que se ha preocupado por descubrir primero y transmitir después los descubrimientos científicos que importaban a la gente. Por fin, alguien los está amparando para lidiar con angustias que los asediaron durante miles de años: el estrés, el desamor, las prioridades familiares y las peleas fratricidas, los fallos de la memoria, la incapacidad heredada para vaticinar el futuro, la gestión de emociones negativas como el miedo o la rabia y positivas como la belleza o la felicidad.

Les voy apuntar sólo algunos ejemplos de esta avalancha todavía ignorada de descubrimientos científicos en la arena de la vida popular. Hoy hemos comprobado que el trato dado a un menor entre los cuatro y los ocho años determina, en promedio, su vida de adulto. Sabemos ahora que, en promedio –no hay que olvidar nunca esta palabra en ciencia–, es mejor para el primer hijo que la llegada del segundo no se produzca antes de un periodo prudencial. Comprobada está también ahora la transmisión intergeneracional de la ausencia paterna, que adelanta la pubertad de la siguiente generación.

Siempre se había creído que la mente influye en el cuerpo. Por ello, cuando se estaba deprimido, se reflejaba en la cara o en los ojos abatidos. Ahora sabemos que, incidiendo en el cuerpo, se puede cambiar el alma: ir con el cuerpo erguido y sonriendo acaba transformando el ánimo; un poco de ejercicio físico y una buena dieta mejoran la salud. Las emociones no sólo existen, sino que se puede aprender a gestionarlas: cualquier estímulo activa idénticos mecanismos para defenderse del estrés, pero la reacción diferenciada dependerá de nuestra capacidad para gestionar un grado determinado de incertidumbre, la pérdida de control sobre su propia vida o el sufrimiento provocado por el desamor o el atasco de tráfico.

Y a propósito del estrés ahora sabemos que la mujer embarazada puede transmitirlo al feto porque la hormona del estrés, el cortisol, atraviesa la placenta. La ciencia está irrumpiendo en la cultura popular. Ésa es la gran noticia.
Científicamente se ha demostrado que son necesarios cinco cumplidos seguidos para borrar las huellas perversas de un insulto. Los que tienen la manía de contradecir siempre al que está delante no gozan de tiempo material para paliar el efecto perverso de su ánimo contradictor.

¿Cómo podemos aplicar en la vida cotidiana los resultados de este hallazgo experimental? ¿Cómo podemos coadyuvar a que la ciencia penetre en la cultura popular? Es evidente que los experimentos efectuados sobre los méritos relativos del cumplido y de la anatema del contrario pueden ayudar a mejorar la vida en común de la pareja. O, simplemente, a sacar las conclusiones pertinentes que pongan fin a la ansiedad generada en el contexto de esa convivencia.
Anuncio de la Juvenile Protective Association en una campaña para generar conciencia sobre las profundas heridas psicológicas que deja el abuso verbal. (Fuente: Delyrarte.)

La primera conclusión que se desprende de los experimentos sobre los efectos de la contrariedad provocada por el discurso agresivo se aplica a la pareja y a todas las demás situaciones que puedan contemplarse como la vida en sociedad o la política. Antes de decirle a alguien: “Te equivocas de cabo a rabo, como siempre”, habría que pensárselo dos veces.

El efecto de la palabra desabrida es más perverso que la propia sucesión de hechos. El impacto del lenguaje es sorprendentemente duradero. Es muy fácil constatar con los niños de tres o cuatro años los efectos indelebles de aprehender una palabra por escrito, de captar su significado plasmado mediante letras. Una actitud perversa la pueden imaginar con un dibujo sencillo –de un chimpancé empujando a otro al río o de una persona soltando una piel de plátano en la baldosa que está a punto de pisar un anciano–, pero en cuanto un niño ha aprendido a escribir “perverso” le quedará grabada para siempre esa palabra. El poder de la palabra escrita en los humanos supera todo lo imaginable. No me pregunten por qué.

Tal vez la palabra escrita –se empezó a practicar hace unos tres o cuatro mil años– comportaba una dosis de compromiso que nunca tuvo la palabra hablada, aunque lo pretendía: “Te doy mi palabra”, se dice. Los acuerdos contractuales son de fiar cuando se explicitan mediante un texto escrito y es recurriendo a su constancia cuando se pueden exigir comportamientos anticipados.

Lo que estamos descubriendo –ahora que científicos como el psicólogo Richard Wiseman se adentran en ello– es lo que le pasa a la gente por dentro cuando se comporta de una manera determinada. Más de un lector se preguntará, por supuesto: “¿Es posible que durante miles de años hayamos prodigado menos cumplidos que acusaciones, sin saber que estábamos destruyendo la convivencia de una pareja o de una sociedad?”. Ahora resulta que, después de años investigando las causas de la ruptura de una pareja, el porcentaje de las que desaparecen es mucho mayor cuando uno de los miembros es extremadamente tacaño en los cumplidos, costándole horrores admitir: “¡Qué razón tienes, amor mío!”.

Que conste que los mismos experimentos están haciendo aflorar una sospecha centenaria. No sirve de nada mentir y buscar maneras alambicadas de hacer creer al otro que compartimos su criterio, estando a años luz de hacerlo. Cuando los consultores de parejas problemáticas o en vilo aconsejan mayor recato, fórmulas envolventes que disfracen la situación real o sobreentendimientos subliminales, no consiguen engañar a nadie.

Siendo eso así, resulta inevitable preguntarse por los efectos sociales de que la mitad de la población esté siempre imputando al resto razones infundadas, taimadas, perversas, interesadas para explicar su comportamiento. Será muy difícil no sacar la conclusión de que esas palabras calan hondo en la mente colectiva y acaban dividiendo en dos partes irreconciliables a la sociedad.
Según algunos científicos, hemos sido demasiado tolerantes con las creencias religiosas. Deberíamos haber elevado el tono de nuestras protestas ante los desmanes derivados de la fe mal entendida.

Sin salirse del bando agnóstico caben otras posturas, si se quiere, menos militantes y no menos eficaces. Paradójicamente, ésa era la concepción del propio Darwin, expuesta en una de sus cartas que descubrí en Londres hace apenas unos días. Es asombrosa esa mezcla de defensa radical de la libertad de pensamiento y tolerancia. Dice Charles Darwin en su carta:
«Aunque soy un fuerte defensor de la libertad de pensamiento en todos los ámbitos, soy de la opinión, sin embargo –equivocadamente o no–, que los argumentos esgrimidos directamente contra el cristianismo y la existencia de Dios apenas tienen impacto en la gente; es mejor promover la libertad de pensamiento mediante la iluminación paulatina de la mentalidad popular que se desprende de los adelantos científicos. Es por ello que siempre me he fijado como objetivo evitar escribir sobre la religión limitándome a la ciencia».
fuente de la imagen: http://darwin-online.org.uk/

Es fascinante constatar hasta qué punto Darwin tuvo excelso cuidado en mantener el rigor de sus planteamientos científicos sin herir a los que no los compartían. En este sentido –y a nivel anecdótico–, no me digan que no era enternecedora la actitud de Emma, la esposa de Darwin, profundamente religiosa, cuando repetía a sus amigos que el mayor de sus pesares era «saber que Charles no podría acompañarla en la otra vida» por culpa de su agnosticismo. Lo que la apesadumbraba a ella era que el Dios todopoderoso no quisiera conciliar el buen carácter con el agnosticismo de su marido. Y lo que a él lo apenaba, con toda probabilidad, era que muchos confundieran la libertad de pensamiento que él predicaba recurriendo a la ciencia con ataques gratuitos a los que no compartían esa convicción.

No cabe duda de que la relación entre la gente que profesa una religión y los agnósticos está cambiando. ¿En qué sentido? En primer lugar, la irrupción de la ciencia en la cultura popular permite descartar convicciones que parecían antes intocables: hasta Darwin, gran parte de la comunidad científica, y desde luego toda la religiosa, estaba convencida de que la vida del universo había empezado hacía cinco mil años, en lugar de los trece mil millones que, ahora se sabe, transcurrieron desde la explosión del big bang hasta nuestros días; dando amplio tiempo con ello para que la selección natural fuera modulando la evolución de las distintas especies.

En segundo lugar, los continuados agravios e injusticias que siguen sufriendo –a raíz del machismo y maltrato de género, en particular– los colectivos partidarios de impulsar la modernidad en sus propias culturas suscitan solidaridades mucho más profundas y extensas que en el pasado. Yo he visto con mis propios ojos en plena Quinta Avenida de Nueva York, pocos días después del ataque terrorista a las Torres, una pancarta que rezaba «In God we trust» («En Dios confiamos»), mientras en la acera opuesta alguien, enardecido, le gritaba al portaestandarte: «Falk’ you!» («¡Que te den!»).

No es difícil predecir que pronto volveremos a estar inmersos en un debate en torno a la religión, no necesariamente más virulento que antes, pero sí más extendido socialmente y algo más fundamentado. A la ciencia y a los científicos les va a resultar más difícil que en tiempos de Darwin mantener silencio en ese debate, entre otras mil cosas, porque ahora faltan sólo ‘cuatro días’ para que se pueda fabricar vida sintética –bacterias, concretamente– en el laboratorio. La ciencia, en eso Darwin tenía razón, es el mejor estímulo para la libertad de pensamiento. Siempre y cuando sepamos conciliar como él los planteamientos rigurosos con modales atinados.
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